Cuando era adolescente vagué por los barrios de la ciudad de Guatemala; recorrí sus barrancos y suburbios más tristes, llenos de basura, zopilotes y lacerante pobreza.
28 de agosto de 2009
La Limonada
Cuando era adolescente vagué por los barrios de la ciudad de Guatemala; recorrí sus barrancos y suburbios más tristes, llenos de basura, zopilotes y lacerante pobreza.
21 de agosto de 2009
Explosión

Hace muchos años fui testigo de un atentado guerrillero a una refinería. La impresionante explosión de un depósito de gasolina nos hizo correr despavoridos —a mi madre, a mi hermano, a mi padrastro y a mí— bajo una enorme bola de fuego que, por fortuna, se desvaneció en el aire antes de caernos encima.
13 de agosto de 2009
Lorito patriótico

Cuando tenía 13 o 14 años pasé por una larga pero provechosa convalecencia de la hepatitis. Fueron meses de reposo forzado, dieta rigurosa, mucha lectura, y de aprender a jugar ajedrez. Vivía en el Chalet Suizo, una conocida pensión en el centro de la capital guatemalteca. Sus dueños, la robusta familia Reig, hacía el más exquisito strudel de manzana que he probado en mi vida. Recuerdo que al final de un largo pasillo, había un soleado patio siempre lleno de sábanas colgando. Ahí, vivía un simpático y patriótico lorito que entonaba —de corrido y completita— la primera estrofa del himno nacional de Guatemala.
29 de julio de 2009
Desde la ventana
23 de julio de 2009
El paso del tiempo es inevitable, y triste cualquier intento por recuperar el pasado. No he dejado de extrañarte un solo día. En la fotografía: un regalo especial, una rama de arbol fosilizada.
Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta
y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna
y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
Jorge Luis Borges
11 de julio de 2009
Bananos
En el muelle de Puerto Barrios, Guatemala, recogía con mi amigo Chang unas enormes pencas de banano. La fruta, aún verde, era demasiado madura para ser transportada en barco, y la compañía United Fruit no tenía más remedio que regalarla o tirarla al mar. Chang era un simpático chinito que trabajaba en la panadería de su padre haciendo exquisitos pasteles de plátano. Nunca me dejó verle cocinar porque decía que yo tenía una mirada tan fuerte que cortaba la masa. En ese tiempo vivíamos en unas barracas junto a la torre de control de un destartalado aeropuerto. En su pista, donde nunca vi aterrizar un solo avión, yo andaba en bicicleta y perseguía lagartijas y culebras para reventarlas a pedradas.
5 de julio de 2009
La memoria
27 de junio de 2009
Tres volcanes y tres contratiempos
Cuando era adolescente y vivía en Guatemala subí al Volcán de Agua. Ahí, un fantasma se me apareció de madrugada. Ascendía el Volcán de Fuego, e hizo erupción; bajé corriendo y llegué con los pantalones destrozados. En la cima del Pacaya, me golpeó en la cara y en el pecho una lluvia horizontal de piedra pómez.En la fotografía, el Volcán de Fuego en Guatemala.
16 de junio de 2009
La Castañeda
Conocí La Castañeda, en Mixcoác. No sé porque razón mis maestros de primaria del Colegio Madrid consideraban formativo que niños de 10 a 12 años visitáramos aquel impresionante lugar de locura y encierro. En ese manicomio eran aislados: maniaco depresivos, epilépticos, autistas, enfermos con síndrome de Down, dementes seniles, alcohólicos y sifilíticos en etapa avanzada. El hoy casi olvidado edificio construido por el gobierno de Porfirio Díaz para albergar todos los horrores de la psiquiatría de la época fue derruido en 1968 y asentado en su sitio un populoso espacio habitacional.Aún recuerdo con terror aquel crudo y doloroso paseo infantil.
12 de junio de 2009
Mi infancia
Pasé mi infancia a saltos entre México y Guatemala. A ratos, criado en libertad casi salvaje por mi madre, mujer romántica y aventurera, y a ratos, educado y sobreprotegido por unos abuelos responsables y cariñosos, pero aburridos y convencionales. Fui un niño introvertido, un poco tristón y solitario, aunque nunca llegué a sentir —claro está— como mis mayores, la ansiedad del destierro. Sin embargo, mi niñez estuvo marcada por los prolongados alejamientos de mi madre y mi hermano, la proximidad mimosa y condescendiente de mi tío, los aspavientos dramáticos de mi abuela y —ahora me doy cuenta— la profunda melancolía de mi abuelo por su vida en Barcelona. Crecí con ellos, y con mis maestros de escuela, la mayoría, tristes exiliados de la guerra civil española.En la fotografía: mi madre, mi hermano Ramiro, y yo, Guatemala, 1954.
11 de junio de 2009
30 de mayo de 2009
Mi soledad

Los textos que aquí aparecen no son sólo memoria. Son, además, una forma de razonar mi pasado. La edad me ha hecho reflexionar por escrito; los años empiezan a pesar y los aligero escribiendo estas cosas que son pura soledad. Soledad que es libertad, y que he elegido para meterme a fondo en mis dispersas introspecciones más o menos narcisistas. Me gusta estar sólo, mejor dicho, conmigo mismo.
26 de mayo de 2009
La calle
En el fondo, nadie nos enseña nada. Y digo esto, quizá, por que soy autodidacta y porque creo en la importancia de aprender de uno mismo. En cuanto a los padres, en general, pienso que no saben educar, pues protegen demasiado a sus hijos. Yo aprendí más en el trabajo, de mis jefes, y de algunos desconocidos. Pero, sobre todo, aprendí de la vida; de joven me fascinaba la calle aunque ahora la deteste. Ahí, me llené de aventuras y de experiencia. Aprendí mucho más vagabundeando que en todas las escuelas por las que pasé.En la fotografía, la 6ª Avenida en la zona centro de la Ciudad de Guatemala. Principios de los 60.
19 de mayo de 2009
Trabajo y militancia
Nunca fui buen estudiante. Por eso, y por una apremiante necesidad, tuve que empezar a trabajar en la adolescencia. Mi primer empleo importante fue de obrero y aprendiz en una conocida imprenta y editorial de la Ciudad de México, donde inicié mi verdadera formación profesional. Ahí aprendí de Neus Espresate, “Pepe” Azorín y Vicente Rojo mucho más que el oficio de las artes gráficas.En ese tiempo me enganché también a la política. Igual que muchos otros jóvenes, después del 68, me volví activista revolucionario de tiempo completo y viví casi una década en absoluta entrega como un militante clandestino. Fue una época agitada y comunista que me llevó, entre otras cosas, a estudiar Economía sin aptitud ni vocación alguna. Abandoné la carrera a la mitad.
Cuando la lucha terminó, empecé a pintar y seguí mi camino. Hice lo que me tocó hacer en aquél momento. Hoy recuerdo esos días con bastante extrañeza y lejanía, sin mayor nostalgia, ni idealización. Simplemente, creo que no tuve elección. Cuando las cosas hay que hacerlas, se hacen, y ya. Fueron años de riesgo y sacrificio. De mucho trabajo, de intensidad y romanticismo. Todavía no sé si todo aquello sirvió de algo. Poco a poco, muchas de las convicciones que creía más firmes, empezaron a tambalearse, y algunas, definitivamente, se derrumbaron para siempre. De lo que estoy seguro, es de que fui leal con las razones de aquel tiempo, y de que el trabajo y la militancia me aproximaron verdaderamente a la gente. Sobre todo a mi madre, que fue la más radical de las personas que he conocido, y con quien siempre tuve una espinosa relación, pero que al final se volvió muy estrecha; un poco tardía, quizá, pero muy buena.
8 de mayo de 2009
La "canallera"
No sé porque le llamaban “canallera” al lugar donde nos llevaban castigados en el colegio. El sitio era una galería de cristal que vestibulaba el “Castillo” del viejo Colegio Madrid, en Mixcoác. Siempre me extrañó el término, sobre todo porque sus maestros eran muy castizos, o sea, muy preocupados por preservar la pureza del castellano. El caso —y es a lo que voy— es que si por canalla entendemos una persona ruin o vil, me parece desproporcionado que se llamara así a aquel espacio de aislamiento y corrección infantil.Con el tiempo he llegado a pensar que el vocablo quizá provenga del catalán. La canalla es un término cariñoso que en catalán se refiere a un grupo de niños; la canalla catalana, semánticamente no tiene nada que ver con el canalla castellano. Verlo así, la verdad, me tranquiliza mucho.
En fin, como haya sido, lo cierto es que aquél sitio era el punto de reunión al que invariablemente íbamos a parar los mismos canallas de siempre.
29 de abril de 2009
Livingston
Mis primeros recuerdos infantiles se remontan a vaporosas imágenes y sensaciones, terrestres y acuáticas, en Livingston, Guatemala. Pueblo de pescadores mestizos, africanos y americanos, en la bahía de Amatique. Lugar de exhuberancia tropical, donde imperaba la vida salvaje, y que se mezcla en mi memoria con la figura de un padrastro cruel y autoritario. Conservo de ese tiempo, el recuerdo de mis primeras aproximaciones a la libertad y el inicio de mi afición de siempre por el café con leche y el pan dulce.Aquel paisaje caribeño aparece aún en mis sueños y en mi pintura. Vivíamos en una rústica choza de madera sostenida por cuatro pilotes sobre el mar. Desde una ventana, miraba —según tocara la marea— un piso de agua o de tierra y una extraordinaria diversidad de bichos: cangrejos, peces, sapos, víboras, insectos (sobre todo unas enormes cucarachas) y ratones. Frente a la puerta de entrada, se extendía un resbaladizo muelle de tablones con una casucha en la punta, donde dentro colgaba como columpio una gastada letrina. Ahí sentado, disfruté observando como los peces devoraban mis despojos que caían directamente al mar. Al lado de la casa, jugaba a las escondidillas y a escalar por la estructura de un enorme y laberíntico buque en construcción, que bien parecía un esqueleto descuartizado de dinosaurio. En Livingston crecí a la buena de Dios, pero no desamparado. Recuerdo que éramos muy pobres, pero no de la misma manera que los habitantes del lugar, pues siempre tuvimos la invaluable oportunidad de poder emigrar.
En la fotografía, Nuria Boldó, mi madre. Livingston, Guatemala alrededor de de 1954.
22 de abril de 2009
Aire fresco
De vez en cuando me gustaría despertar al sereno, abrigado sólo por la naturaleza. Quisiera amanecer en el campo y revivir la aventura de cocinarme un par de huevos en la hoguera. A veces necesito pisar la realidad y observar en silencio el paisaje, las plantas, los animales. A veces, me hace falta un lugar donde se pueda estar en paz y respirar aire fresco.
16 de abril de 2009
Lo que son las cosas
La verdad que tengo pocas, por no decir que ninguna preocupación metafísica. Sin embargo, y a pesar de dudar de la existencia de Dios, y confiar relativamente poco en la ciencia, sí creo en la suerte y en los presentimientos, o quizá mejor dicho, en la intuición. Tengo, además, cada vez más en claro la certeza de que la vida es bastante absurda e inesperada, y de que todo es, en cierta forma, un mero e inexplicable accidente.
12 de abril de 2009
El cariño de mi madre
Mi madre no era precisamente una madre cariñosa. Sin embargo creo que no me afectó demasiado, más bien fue al contrario. Había en ella algo muy bueno, algo que me dio mucha seguridad y mucha libertad, lo contrario de mis abuelos, que fueron bondadosos y protectores, pero poco me dejaban aprender por mí mismo.Aprecio la libertad por encima de todo, como algo que nadie tiene derecho a quitarte, y que solamente puede construirse a partir de uno mismo. Sólo siendo libres es posible orientar nuestro destino, y me parece muy mala una relación materna que impida cortar el cordón umbilical.
Mi madre me enseño a ser responsable a la vez que me dejaba vagar todo el día por la calle y volver a casa muy tarde. Nunca me preguntaba nada. Era una mujer maravillosa, rebelde y valiente. Era muy libre, y además, libertaria. También era extraordinariamente generosa. Jamás sentía compasión por nadie, menos por ella misma. (Generosidad y compasión son dos cosas diferentes; la generosidad es buena, la compasión siempre conlleva un sentimiento indigno, de lástima). La mayoría de las mujeres son compasivas y posesivas, y una buena madre —como la mía— no es fácil de encontrar. Agradezco mucho su forma de ser, aunque creo también que por aquella actitud —sumada a su exagerado romanticismo— estuvimos alejados muchas veces. Mi madre era idealista, y yo como ella, también lo fui. Hoy pienso que no es tan bueno serlo, por lo menos de aquella manera, con aquel activismo tan radical. El tiempo nos enseña que nos equivocamos, y lo absurdo de vivir enfrentado con los demás, sobre todo con los más próximos.
En la fotografía, mi madre Nuria Boldó, Barcelona, alrededor de 1930.
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