6 de febrero de 2009

Las dos carreteras a Cuernavaca



Cuando yo era niño, mi padre me llevaba los fines de semana a Cuernavaca, y siempre hacía el mismo comentario cuando pasábamos por el lugar donde se juntan la vieja carretera con la nueva.

—Si en lugar de ir por este camino —decía pensativo—, hubiéramos ido por el otro, seguramente, ahora mismo, nos podríamos ver, y hasta nos saludaríamos.

Hace poco visité a mis nietas, que desde que murió su padre —mi hijo mayor— viven en Cuernavaca. El caso es que en el viaje de regreso, volví a pasar por el mismo lugar donde mi padre repetía invariablemente su ocurrencia. Detuve el automóvil a la orilla de la carretera y lloré por mi hijo y por todos mis muertos como nunca antes lo había hecho. Yo no creo en otra vida, sin embargo, desde que paré en aquel sitio vivo con una pequeña esperanza en el corazón, de que tarde o temprano volveré a encontrar a los que tanto amé, aunque sea por un momento, y aunque sea, solamente, para tener que decirles adiós otra vez.

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